VEINTE POEMAS DE AMOR
1.-
Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos,
2.-
En su llama mortal la luz te envuelve.
3.-
Ah vastedad de pinos, rumor de olas quebrándose,
4.-
Es la mañana llena de tempestad
5.- Para
que tú me oigas
6.-
Te recuerdo como eras en el último otoño.
7.-
Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes
8.-
Abeja blanca zumbas—ebria de miel—en mi alma
9.-
Ebrio de trementina y largos besos,
10.-
Hemos perdido aun este crepúsculo.
11.-
Casi fuera del cielo ancla entre dos montañas
12.-
Para mi corazón basta tu pecho,
13.-
He ido marcando con cruces de fuego
14.-
Juegas todos los días con la luz del universo.
15.-
Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
16.-
En mi cielo al crepúsculo eres como una nube
17.-
Pensando, enredando sombras en la profunda soledad.
18.-
Aquí te amo.
19.-
Niña morena y ágil, el sol que hace las frutas,
20.-
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Y...
LA CANCIÓN DESESPERADA
1
Cuerpo de mujer, blancas
colinas, muslos blancos,
te pareces al mundo en tu
actitud de entrega.
Mi cuerpo de labriego
salvaje te socava
y hace saltar el hijo del
fondo de la tierra.
Fui solo como un túnel. De
mí huían los pájaros
y en mí la noche entraba
su invasión poderosa.
Para sobrevivirme te forjé
como un arma,
como una flecha en mi
arco, como una piedra en mi honda.
Pero cae la hora de la
venganza, y te amo.
Cuerpo de piel, de musgo,
de leche ávida y firme.
Ah los vasos del pecho! Ah
los ojos de ausencia!
Ah las rosas del pubis! Ah
tu voz lenta y triste!
Cuerpo de mujer mía,
persistiré en tu gracia.
Mi sed, mi ansia sin
límite, mi camino indeciso!
Oscuros cauces donde la
sed eterna sigue,
y la fatiga sigue, y el
dolor infinito.
2
En su llama mortal la luz
te envuelve.
Absorta, pálida doliente,
así situada
contra las viejas hélices
del crepúsculo
que en torno a ti da
vueltas.
Muda, mi amiga,
sola en lo solitario de
esta hora de muertes
y llena de las vidas del
fuego,
pura heredera del día
destruido.
Del sol cae un racimo en
tu vestido oscuro.
De la noche las grandes
raíces
crecen de súbito desde tu
alma,
y a lo exterior regresan
las cosas en ti ocultas,
de modo que un pueblo
pálido y azul
de ti recién nacido se
alimenta.
Oh grandiosa y fecunda y
magnética esclava
del círculo que en negro y
dorado sucede:
erguida, trata y logra una
creación tan viva
que sucumben sus flores, y
llena es de tristeza.
3
Ah vastedad de pinos,
rumor de olas quebrándose,
lento juego de luces,
campana solitaria,
crepúsculo cayendo en tus
ojos, muñeca,
caracola terrestre, en ti
la tierra canta!
En ti los ríos cantan y mi
alma en ellos huye
como tú lo desees y hacia
donde tú quieras.
Márcame mi camino en tu
arco de esperanza
y soltaré en delirio mi
bandada de flechas.
En torno a mí estoy viendo
tu cintura de niebla
y tu silencio acosa mis
horas perseguidas,
y eres tú con tus brazos
de piedra transparente
donde mis besos anclan y
mi húmeda ansia anida.
Ah tu voz misteriosa que
el amor tiñe y dobla
en el atardecer resonante
y muriendo!
Así en horas profundas
sobre los campos he visto
doblarse las espigas en la
boca del viento.
4
Es la mañana llena de
tempestad
en el corazón del verano.
Como pañuelos blancos de
adiós viajan las nubes,
el viento las sacude con
sus viajeras manos.
Innumerable corazón del
viento
latiendo sobre nuestro
silencio enamorado.
Zumbando entre los
árboles, orquestal y divino,
como una lengua llena de
guerras y de cantos.
Viento que lleva en rápido
robo la hojarasca
y desvía las flechas
latientes de los pájaros.
Viento que la derriba en
ola sin espuma
y sustancia sin peso, y
fuegos inclinados.
Se rompe y se sumerge su
volumen de besos
combatido en la puerta del
viento del verano.
5
Para que tú me oigas
mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de las
gaviotas en las playas.
Collar, cascabel ebrio
para tus manos suaves como
las uvas.
Y las miro lejanas mis
palabras.
Más que mías son tuyas.
Van trepando en mi viejo
dolor como las yedras.
Ellas trepan así por las
paredes húmedas.
Eres tú la culpable de
este juego sangriento.
Ellas están huyendo de mi
guarida oscura.
Todo lo llenas tú, todo lo
llenas.
Antes que tú poblaron la
soledad que ocupas,
y están acostumbradas más
que tú a mi tristeza.
Ahora quiero que digan lo
que quiero decirte
para que tú las oigas como
quiero que me oigas.
El viento de la angustia
aún las suele arrastrar.
Huracanes de sueños aún a
veces las tumban.
Escuchas otras voces en mi
voz dolorida.
Llanto de viejas bocas,
sangre de viejas súplicas.
Ámame, compañera. No me
abandones. Sígueme.
Sígueme, compañera, en esa
ola de angustia.
Pero se van tiñendo con tu
amor mis palabras.
Todo lo ocupas tú, todo lo
ocupas.
Voy haciendo de todas un
collar infinito
para tus blancas manos,
suaves como las uvas.
6
Te recuerdo como eras en
el último otoño.
Eras la boina gris y el
corazón en calma.
En tus ojos peleaban las
llamas del crepúsculo.
Y las hojas caían en el
agua de tu alma.
Apegada a mis brazos como
una enredadera,
las hojas recogían tu voz
lenta y en calma.
Hoguera de estupor en que
mi sed ardía.
Dulce jacinto azul torcido
sobre mi alma.
Siento viajar tus ojos y
es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro
y corazón de casa
hacia donde emigraban mis
profundos anhelos
y caían mis besos alegres
como brasas.
Cielo desde un navío.
Campo desde los cerros.
Tu recuerdo es de luz, de
humo, de estanque en calma!
Más allá de tus ojos
ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño
giraban en tu alma.
7
Inclinado en las tardes
tiro mis tristes redes
a tus ojos oceánicos.
Allí se estira y arde en
la más alta hoguera
mi soledad que da vueltas
los brazos como un náufrago.
Hago rojas señales sobre
tus ojos ausentes
que olean como el mar a la
orilla de un faro.
Sólo guardas tinieblas,
hembra distante y mía,
de tu mirada emerge a
veces la costa del espanto.
Inclinado en las tardes
echo mis tristes redes
a ese mar que sacude tus
ojos oceánicos.
Los pájaros nocturnos
picotean las primeras estrellas
que centellean como mi
alma cuando te amo.
Galopa la noche en su
yegua sombría
desparramando espigas
azules sobre el campo.
8
Abeja blanca zumbas—ebria
de miel—en mi alma
y te tuerces en lentas
espirales de humo.
Soy el desesperado, la
palabra sin ecos,
el que lo perdió todo, y
el que todo lo tuvo.
Ultima amarra, cruje en ti
mi ansiedad última.
En mi tierra desierta eres
la última rosa.
Ah silenciosa!
Cierra tus ojos profundos.
Allí aletea la noche.
Ah desnuda tu cuerpo de
estatua temerosa.
Tienes ojos profundos
donde la noche alea.
Frescos brazos de flor y
regazo de rosa.
Se parecen tus senos a los
caracoles blancos.
Ha venido a dormirse en tu
vientre una mariposa de sombra.
Ah silenciosa!
He aquí la soledad de
donde estás ausente.
Llueve. El viento del mar
caza errantes gaviotas.
El agua anda descalza por
las calles mojadas.
De aquel árbol se quejan,
como enfermos, las hojas.
Abeja blanca, ausente, aún
zumbas en mi alma.
Revives en el tiempo,
delgada y silenciosa.
Ah silenciosa!
9
Ebrio de trementina y
largos besos,
estival, el velero de las
rosas dirijo,
torcido hacia la muerte
del delgado día,
cimentado en el sólido
frenesí marino.
Pálido y amarrado a mi
agua devorante
cruzo en el agrio olor del
clima descubierto,
aún vestido de gris y
sonidos amargos,
y una cimera triste de
abandonada espuma.
Voy, duro de pasiones,
montado en mi ola única,
lunar, solar, ardiente y
frío, repentino,
dormido en la garganta de
las afortunadas
islas blancas y dulces
como caderas frescas.
Tiembla en la noche húmeda
mi vestido de besos
locamente cargado de
eléctricas gestiones,
de modo heroico dividido
en sueños
y embriagadoras rosas
practicándose en mí.
Aguas arriba, en medio de
las olas externas,
tu paralelo cuerpo se
sujeta en mis brazos
como un pez infinitamente
pegado a mi alma
rápido y lento en la
energía subceleste.
10
Hemos perdido aun este
crepúsculo.
Nadie nos vio esta tarde
con las manos unidas
mientras la noche azul
caía sobre el mundo.
He visto desde mi ventana
la fiesta del poniente en
los cerros lejanos.
A veces como una moneda
se encendía un pedazo de
sol entre mis manos.
Yo te recordaba con el
alma apretada
de esa tristeza que tú me
conoces.
Entonces, dónde estabas?
Entre qué gentes?
Diciendo qué palabras?
Por qué se me vendrá todo
el amor de golpe
cuando me siento triste, y
te siento lejana?
Cayó el libro que siempre
se toma en el crepúsculo,
y como un perro herido
rodó a mis pies mi capa.
Siempre, siempre te alejas
en las tardes
hacia donde el crepúsculo
corre borrando estatuas.
11
Casi fuera del cielo ancla
entre dos montañas
la mitad de la luna.
Girante, errante noche, la
cavadora de ojos.
A ver cuántas estrellas
trizadas en la charca.
Hace una cruz de luto
entre mis cejas, huye.
Fragua de metales azules,
noches de las calladas luchas,
mi corazón da vueltas como
un volante loco.
Niña venida de tan lejos,
traída de tan lejos,
a veces fulgurece su
mirada debajo del cielo.
Quejumbre, tempestad,
remolino de furia,
cruza encima de mi
corazón, sin detenerte.
Viento de los sepulcros
acarrea, destroza, dispersa tu raíz soñolienta.
Desarraiga los grandes
árboles al otro lado de ella.
Pero tú, clara niña,
pregunta de humo, espiga.
Era la que iba formando el
viento con hojas iluminadas.
Detrás de las montañas
nocturnas, blanco lirio de incendio,
ah nada puedo decir! Era
hecha de todas las cosas.
Ansiedad que partiste mi
pecho a cuchillazos,
es hora de seguir otro
camino, donde ella no sonría.
Tempestad que enterró las
campanas, turbio revuelo de tormentas
para qué tocarla ahora,
para qué entristecerla.
Ay seguir el camino que se
aleja de todo,
donde no esté atajando la
angustia, la muerte, el invierno,
con sus ojos abiertos
entre el rocío.
12
Para mi corazón basta tu
pecho,
para tu libertad bastan
mis alas.
Desde mi boca llegará
hasta el cielo
lo que estaba dormido
sobre tu alma.
Es en ti la ilusión de
cada día.
Llegas como el rocío a las
corolas.
Socavas el horizonte con
tu ausencia.
Eternamente en fuga como
la ola.
He dicho que cantabas en
el viento
como los pinos y como los
mástiles.
Como ellos eres alta y
taciturna.
Y entristeces de pronto,
como un viaje.
Acogedora como un viejo
camino.
Te pueblan ecos y voces
nostálgicas.
Yo desperté y a veces
emigran y huyen
pájaros que dormían en tu
alma.
13
He ido marcando con cruces
de fuego
el atlas blanco de tu
cuerpo.
Mi boca era una araña que
cruzaba escondiéndose.
En ti, detrás de ti,
temerosa, sedienta.
Historias que contarte a
la orilla del crepúsculo,
muñeca triste y dulce,
para que no estuvieras triste.
Un cisne, un árbol, algo
lejano y alegre.
El tiempo de las uvas, el
tiempo maduro y frutal.
Yo que viví en un puerto
desde donde te amaba.
La soledad cruzada de
sueño y de silencio.
Acorralado entre el mar y
la tristeza.
Callado, delirante, entre
dos gondoleros inmóviles.
Entre los labios y la voz,
algo se va muriendo.
Algo con alas de pájaro,
algo de angustia y de olvido.
Así como las redes no
retienen el agua.
Muñeca mía, apenas quedan
gotas temblando.
Sin embargo, algo canta
entre estas palabras fugaces.
Algo canta, algo sube
hasta mi ávida boca.
Oh poder celebrarte con
todas las palabras de alegría.
Cantar, arder, huir, como
un campanario en las manos de un loco.
Triste ternura mía, qué te
haces de repente?
Cuando he llegado al
vértice más atrevido y frío
mi corazón se cierra como
una flor nocturna.
14
Juegas todos los días con
la luz del universo.
Sutil visitadora, llegas
en la flor y en el agua.
Eres más que esta blanca
cabecita que aprieto
como un racimo entre mis
manos cada día.
A nadie te pareces desde
que yo te amo.
Déjame tenderte entre
guirnaldas amarillas.
Quién escribe tu nombre
con letras de humo entre las estrellas del sur?
Ah déjame recordarte cómo
eras entonces, cuando aún no existías.
De pronto el viento aúlla
y golpea mi ventana cerrada.
El cielo es una red
cuajada de peces sombríos.
Aquí vienen a dar todos
los vientos, todos.
Se desviste la lluvia.
Pasan huyendo los pájaros.
El viento. El viento.
Yo sólo puedo luchar
contra la fuerza de los hombres.
El temporal arremolina
hojas oscuras
y suelta todas las barcas
que anoche amarraron al cielo.
Tú estás aquí. Ah tú no
huyes.
Tú me responderás hasta el
último grito.
Ovíllate a mi lado como si
tuvieras miedo.
Sin embargo alguna vez
corrió una sombra extraña por tus ojos.
Ahora, ahora también,
pequeña, me traes madreselvas,
y tienes hasta los senos
perfumados.
Mientras el viento triste
galopa matando mariposas
yo te amo, y mi alegría
muerde tu boca de ciruela.
Cuanto te habrá dolido
acostumbrarte a mí,
a mi alma sola y salvaje,
a mi nombre que todos ahuyentan.
Hemos visto arder tantas
veces el lucero besándonos los ojos
y sobre nuestras cabezas
destorcerse los crepúsculos en abanicos girantes.
Mis palabras llovieron
sobre ti acariciándote.
Amé desde hace tiempo tu
cuerpo de nácar soleado.
Hasta te creo dueña del
universo.
Te traeré de las montañas
flores alegres, copihues,
avellanas oscuras, y
cestas silvestres de besos.
Quiero hacer contigo
lo que la primavera hace
con los cerezos.
15
Me gustas cuando callas
porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y
mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te
hubieran volado
y parece que un beso te
cerrara la boca.
Como todas las cosas están
llenas de mi alma
emerges de las cosas,
llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te
pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra
melancolía.
Me gustas cuando callas y
estás como distante.
Y estás como quejándote,
mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y
mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el
silencio tuyo.
Déjame que te hable
también con tu silencio
claro como una lámpara,
simple como un anillo.
Eres como la noche,
callada y constelada.
Tu silencio es de
estrella, tan lejano y sencillo.
Me gustas cuando callas
porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como
si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una
sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de
que no sea cierto.
16
Paráfrasis a R. Tagore
En mi cielo al crepúsculo
eres como una nube
y tu color y forma son
como yo los quiero.
Eres mía, eres mía, mujer
de labios dulces,
y viven en tu vida mis
infinitos sueños.
La lámpara de mi alma te
sonrosa los pies,
el agrio vino mío es más
dulce en tus labios:
oh segadora de mi canción
de atardecer,
cómo te sienten mía mis
sueños solitarios!
Eres mía, eres mía, voy
gritando en la brisa
de la tarde, y el viento
arrastra mi voz viuda.
Cazadora del fondo de mis
ojos, tu robo
estanca como el agua tu
mirada nocturna.
En la red de mi música
estás presa, amor mío,
y mis redes de música son
anchas como el cielo.
Mi alma nace a la orilla
de tus ojos de luto.
En tus ojos de luto
comienza el país del sueño.
17
Pensando, enredando
sombras en la profunda soledad.
Tú también estás lejos, ah
más lejos que nadie.
Pensando, soltando
pájaros, desvaneciendo imágenes,
enterrando lámparas.
Campanario de brumas, qué
lejos, allá arriba!
Ahogando lamentos,
moliendo esperanzas sombrías,
molinero taciturno,
se te viene de bruces la
noche, lejos de la ciudad.
Tu presencia es ajena,
extraña a mí como una cosa.
Pienso, camino largamente,
mi vida antes de ti.
Mi vida antes de nadie, mi
áspera vida.
El grito frente al mar,
entre las piedras,
corriendo libre, loco, en
el vaho del mar.
La furia triste, el grito,
la soledad del mar.
Desbocado, violento,
estirado hacia el cielo.
Tú, mujer, qué eras allí,
qué raya, qué varilla
de ese abanico inmenso?
Estabas lejos como ahora.
Incendio en el bosque!
Arde en cruces azules.
Arde, arde, llamea,
chispea en árboles de luz.
Se derrumba, crepita.
Incendio. Incendio.
Y mi alma baila herida de
virutas de fuego.
Quien llama? Qué silencio
poblado de ecos?
Hora de la nostalgia, hora
de la alegría, hora de la soledad,
hora mía entre todas!
Bocina en que el viento
pasa cantando.
Tanta pasión de llanto
anudada a mi cuerpo.
Sacudida de todas las
raíces,
asalto de todas las olas!
Rodaba, alegre, triste,
interminable, mi alma.
Pensando, enterrando
lámparas en la profunda soledad.
¿Quién eres tú, quién
eres?
18
Aquí te amo.
En los oscuros pinos se
desenreda el viento.
Fosforece la luna sobre
las aguas errantes.
Andan días iguales
persiguiéndose.
Se desciñe la niebla en
danzantes figuras.
Una gaviota de plata se
descuelga del ocaso.
A veces una vela. Altas,
altas estrellas.
O la cruz negra de un
barco.
Solo.
A veces amanezco, y hasta
mi alma está húmeda.
Suena, resuena el mar
lejano.
Este es un puerto.
Aquí te amo.
Aquí te amo y en vano te
oculta el horizonte.
Te estoy amando aún entre
estas frías cosas.
A veces van mis besos en
esos barcos graves,
que corren por el mar
hacia donde no llegan.
Ya me veo olvidado como
estas viejas anclas.
Son más tristes los
muelles cuando atraca la tarde.
Se fatiga mi vida
inútilmente hambrienta.
Amo lo que no tengo. Estás
tú tan distante.
Mi hastío forcejea con los
lentos crepúsculos.
Pero la noche llega y
comienza a cantarme.
La luna hace girar su
rodaje de sueño.
Me miran con tus ojos las
estrellas más grandes.
Y como yo te amo, los
pinos en el viento,
quieren cantar tu nombre
con sus hojas de alambre.
19
Niña morena y ágil, el sol
que hace las frutas,
el que cuaja los trigos,
el que tuerce las algas,
hizo tu cuerpo alegre, tus
luminosos ojos
y tu boca que tiene la
sonrisa del agua.
Un sol negro y ansioso se
te arrolla en las hebras
de la negra melena, cuando
estiras los brazos.
Tú juegas con el sol como
con un estero
y él te deja en los ojos
dos oscuros remansos.
Niña morena y ágil, nada
hacia ti me acerca.
Todo de ti me aleja, como
del mediodía.
Eres la delirante juventud
de la abeja,
la embriaguez de la ola,
la fuerza de la espiga.
Mi corazón sombrío te
busca, sin embargo,
y amo tu cuerpo alegre, tu
voz suelta y delgada.
Mariposa morena dulce y
definitiva
como el trigal y el sol,
la amapola y el agua.
20
Puedo escribir los versos
más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: "La
noche está estrellada,
y tiritan, azules, los
astros, a lo lejos".
El viento de la noche gira
en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos
más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces
ella también me quiso.
En las noches como ésta la
tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo
el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo
también la quería.
Cómo no haber amado sus
grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos
más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo.
Sentir que la he perdido.
Oír la noche inmensa, más
inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma
como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no
pudiera guardarla.
La noche está estrellada y
ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos
alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con
haberla perdido.
Como para acercarla mi
mirada la busca.
Mi corazón la busca, y
ella no está conmigo.
La misma noche que hace
blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces,
ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es
cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento
para tocar su oído.
De otro. Será de otro.
Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro.
Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es
cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es
tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta
la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con
haberla perdido.
Aunque éste sea el último
dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos
versos que yo le escribo.
La canción
desesperada
Emerge tu recuerdo de la
noche en que estoy.
El río anuda al mar su
lamento obstinado.
Abandonado como los
muelles en el alba.
Es la hora de partir, ¡oh
abandonado!
Sobre mi corazón llueven
frías corolas.
¡Oh sentina de escombros,
feroz cueva de náufragos!
En ti se acumularon las
guerras y los vuelos.
De ti alzaron las alas los
pájaros del canto.
Todo te lo tragaste, como
la lejanía.
Como el mar, como el
tiempo. Todo en ti fue naufragio!
Era la alegre hora del
asalto y el beso.
La hora del estupor que
ardía como un faro.
Ansiedad de piloto, furia
de buzo ciego,
turbia embriaguez de amor,
todo en ti fue naufragio!
En la infancia de niebla
mi alma alada y herida.
Descubridor perdido, todo
en ti fue naufragio!
Te ceñiste al dolor, te
agarraste al deseo.
Te tumbó la tristeza, todo
en ti fue naufragio!
Hice retroceder la muralla
de sombra,
anduve más allá del deseo
y del acto.
Oh carne, carne mía, mujer
que amé y perdí,
a ti en esta hora húmeda,
evoco y hago canto.
Como un vaso albergaste la
infinita ternura,
y el infinito olvido te
trizó como a un vaso.
Era la negra, negra
soledad de las islas,
y allí, mujer de amor, me
acogieron tus brazos.
Era la sed y el hambre, y
tú fuiste la fruta.
Era el duelo y las ruinas,
y tú fuiste el milagro.
Ah mujer, no sé cómo
pudiste contenerme
en la tierra de tu alma, y
en la cruz de tus brazos!
Mi deseo de ti fue el más
terrible y corto,
el más revuelto y ebrio,
el más tirante y ávido.
Cementerio de besos, aún
hay fuego en tus tumbas,
aún los racimos arden
picoteados de pájaros.
Oh la boca mordida, oh los
besados miembros,
oh los hambrientos
dientes, oh los cuerpos trenzados.
Oh la cópula loca de
esperanza y esfuerzo
en que nos anudamos y nos
desesperamos.
Y la ternura, leve como el
agua y la harina.
Y la palabra apenas
comenzada en los labios.
Ese fue mi destino y en él
viajó mi anhelo,
y en él cayó mi anhelo,
todo en ti fue naufragio!
¡Oh, sentina de escombros,
en ti todo caía,
qué dolor no exprimiste,
qué olas no te ahogaron!
De tumbo en tumbo aún
llameaste y cantaste.
De pie como un marino en
la proa de un barco.
Aún floreciste en cantos,
aún rompiste en corrientes.
¡Oh sentina de escombros,
pozo abierto y amargo.
Pálido buzo ciego,
desventurado hondero,
descubridor perdido, todo
en ti fue naufragio!
Es la hora de partir, la
dura y fría hora
que la noche sujeta a todo
horario.
El cinturón ruidoso del
mar ciñe la costa.
Surgen frías estrellas,
emigran negros pájaros.
Abandonado como los
muelles en el alba.
Sólo la sombra trémula se
retuerce en mis manos.
Ah más allá de todo. Ah
más allá de todo.
Es la hora de partir. ¡Oh
abandonado!