El obsceno monstruo del Calama.

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Por Roberto Morán, abogado

Cuento no plagiado

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       La narrativa de Roberto Morán seduce al lector que se resiste a abandonarla. Amenidad y humor apenas logran ocultar el trasfondo filosófico de la postura del autor. Profundamente convencido de la trascendencia vital de cada ser humano, busca desesperadamente en la literatura su realización como persona. Agudo, cáustico, excesivamente crítico de la sociedad y de los personajes que dominan la escena, se solaza en derribar mitos y reputaciones, este moderno iconoclasta plasma la realidad en cuentos que se convierten en piezas magistrales. Quien no lee su escritura en forma advertida, puede caer fácilmente en el encasillamiento y atribuir su genio a la paternidad de García Márquez. Sin embargo, nada liga su obra a la del colombiano. Si pudiésemos hacer una comparación, sólo hay una similitud de punto de vista y la necesidad de ambos de poner por escrito aquellos fantasmas que los rondan.

El obsceno monstruo del Calama se inspira en un caso verídico de corrupción acaecido en el Macondo del Choapa, como da en llamar a Illapel. Más allá de lo inmediato y de la necesaria ligazón del texto y su contexto, hay una maestría envidiable en el trazo con que diseña a sus personajes: ¡Con qué frescura capta las situaciones y con qué diáfana transparencia se nos aparecen sus personajes!


            I.

Protegidos por las sombras de la noche, andábamos con mi amigo, cuando se nos ocurrió pasar a la casa de un conocido estafador del Macondo, conocido como El Chamúdez.

Abrió personalmente y se nos franqueó la entrada. Al punto, vimos a unos capos reunidos en torno a una mesa bien provista. Se notó al punto que nos miraban con desconfianza, pese a que éramos compadritos del dueño de casa, y de casi todos los presentes.

El Chamúdez, con aspecto de gato que se ha comido al canario, nos dio un güisqui con bastante hielito, y nos ofreció asiento. Desde el primer momento sospeché que algo se tramaba.

Entre los comensales estaba un señor ya viejo, la secretaria del Chamúdez; y dos cabritas de unos doce o trece años. Una de ellas era de una belleza alucinante: de unos cuarenta y cinco kilos de peso estimativo, más bien gordita, rubia y colorada; con unas caderas redondas como las de una mujer madura.

Sus finas piernas las lucía generosamente, apenas ocultas por una faldita muy corta. La otra era morena; algo más alta y delgada, con aire de marisabidilla. Es decir, de ésas que se las saben todas.

De la morena, llamaban la atención sus largas extremidades color canela, totalmente desprovistas de vello, brillantes por lo tersas. Bajo la blusita sin mangas apenas se insinuaban sus tetitas muy duras y puntudas, como son las de las chicas de esa edad. La faldita era de seda gruesa, de gran caída, en tal manera que, vista desde atrás se advertían dos nalgas redondas y pequeñas, muy paradas. Ésas son las mejrores, pues permiten cogerlas con las dos manos, y quedan cómodas.

También estaba EL MONSTRUO. Se notaba que era el pato del banquete, pues con ese aire bonachón que le caracteriza, hacía indicaciones a algunos de los presentes, como si fueran órdenes. Ellos, naturalmente, obedecían al galope tratando de agradarle.

En resumen, los dos supercapos eran el señor viejo y grandote, uno que más tarde apareció en televisión con motivo de un escándalo, y el famoso MONSTRUO. Aparte del Jaime, de quien se dice que se arreglaba el mostacho de vez en cuando con éste último.

¡Ah! Entre los los comensales también estaba la amante de turno del Monstruo... Ésa que tan luctuosa suerte tendría más tarde a manos de su amante despechado, cuando le tocó permanecer en la cárcel del Macondo por causa de unos cheques. El Monstruo era muy vengativo. Es que sufrió demasiadas humillaciones cuando chico. También supo lo que era el aguijón del hambre, incluso cuando grande. Así es que cualquier acto de autoridad siempre era insuficiente para compensar un ego quebrantado en su más íntima estructura.

En vista que no nos retirábamos, no les quedó otra cosa que servirnos un plato de camarones de río, los que sabían más sabrosos sabiendo que estaban en veda.

- Autoridad que no abusa, pierde prestigio; y no es autoridad- Dijo el Gran Hombre, ese que venía de Santiago.

Yo me hacía cábalas tratando de adivinar la identidad de tan conspicuo personaje.

La conversación derivó hacia negocios mineros, agrícolas; y también sobre la forma más eficaz de sacarle plata al Fisco mediante "préstamos de fomento" de esos que jamás se devuelven, y que fomentan la fortuna personal del empresario. Todo matizado con pelambrillos varios. Así se fue desenvolviendo el simposio, el que, entre trago y trago se volvió chispeante cual champaña recién descorchada.

Pronto empezó a circular la coca recién elaborada por un plantero que la trabajaba como actividad supletoria. ¡Ahí sí que la cosa se puso buena! Todos reían como locos con cada gesto obsceno a los que era tan dado el Monstruo cuando estaba con trago. Aparte que de cuando en vez, en esas mismas circunstancias -dicen- se le soltaban las trenzas con el joven y bien parecido transportista que le servía de paje y cómplice. Y con el cual tenía frecuentes dis-putas por causa de una "celotipia paranoide" que aquejaba al Monstruo. Los bisexuales son siempre así... objetos de fuertes pasiones.

-"Consumatum est"- Dijo el Gran Hombre en latín, pues era un hombre de Derecho. Quería significar que todo estaba consumido. Se refería a... la sopa. Así es que lo que   ahora se ponía entre pecho y espalda era puro güisqui y "de la buena".


Ya estábamos en el salón, sobre la gruesa alfombra kodakcolor, de fino diseño. Unos de pie con su trago en la mano. Otros despatarrados en los amplios sillones del pseudoindustrial quien tan generosamente nos agasajaba.

Alguien me sopló al oído que el señor ese venido de la metrópoli, con aire de importancia y a quien a veces besaban la mano con fruición, era un alto magistrado. ¡Claro que era importante! Para el Monstruo especialmente y para los ricos industriales que adornaban el recinto.


Las que más boche metían eran las chicas. Se sabe como son cuando entran en la pubertad. Lanzan gritos agudos ante el menor estímulo. Con el trago y "de la buena", estaban como enloquecidas. La amante del Monstruo no lo hacía mal. Se paseaba entre los muebles moviendo las caderas, haciendo oscilar los glúteos bajo su fino traje de viscoseda prometiendo meneos de alta calidad en cualquier pose. La vista se iba hacia esas redondeces aunque no quisiera.

Las pequeñas empezaron a retozar. Semisentadas en el sofá, jugaban a hacerse cosquillas. En un momento dado, en medio de un ataque de risa, la rubia se lanzó de espaldas alzando bruscamente las piernas hacia el techo, mostró unos cuadros breves como tanga. Pude ver fugazmente unas nalguitas perfectas, y un bultito gordito. Muy desarrollado para sus tiernos años.

Sentí una punzada en la boca del estómago. Como que me faltaba la respiración. Me acordé de María, una vecinita con la cual jugaba cuando tenía catorce años, y con la cual, a falta de alguien más madura, practicaba exitosamente el cunnilinguis y el coito vestibular.

Fue una visión fugaz y efímera como el beso de la gloria o la duración de los cargos concejiles. Al mismo tiempo, sentí una sensación algo angustiosa que colisionaba con el estado eufórico de todos los presentes.

¡Zonzo de mí! Pronto me repuse al percibir la naturalidad con que actuaban; acostumbrados quizá a esa rutina que desarrollaban como un rito pagano con símbolos ocultos. Hay gustos a los que cuesta acostumbrarse. Por ejemplo, al sabor del whisky, ese sabor ácido de las ostras cuando se tocan con la punta de la lengua; clara de huevo cruda, la primera vez que uno baja en ascensor; o el beso primero que nos da con mucha lengua una mujer varios años mayor.

Como nadie nos invitara a irnos, la fuerza misma de las circunstancias, hizo que permaneciéramos, como por inercia.

Siguió la fiesta sin que nadie reparara en nuestra presencia de paracaidistas.


En un momento dado, alguien gritó estentóreamente:

- ¡Cerrar las cortinas!... - Y se apagó la luz.

Lo que vino enseguida fue un "aquelarre" imposible de narrar. Una baraúnda endemoniada; con aullido, rodar de sillas, vasos que se volcaban y gente que se fondeaba detrás de los sillones. Todo inmerso en un olor a trago, música y aroma raro aunque agradable, mezcla de mar, canela y sudor que soltaban las chicas, un pandemónium.

Cuando volvió la luz al grito de: - ¡Abrir las cortinas! - que lanzó con fuerza el que oficiaba de maestro de ceremonia, las cosas tenían carácter apoteósico. Todos estaban sin pantimedias. Las entretelas de las calzas eran de nalga pura.

 


II.

"La ronda"

Ante una nueva voz de mando, todos se tomaron de las manos formando la "ronda de la amistad" igual que los rotarios; dando saltitos sobre la fina alfombra que ni se arrugó; testigo mudo de quizá cuántas ceremonias. Conforme saltaban, las tetitas de las damas, y los miembros, algunos lacios y gigantescos, describían trayectorias de chicote; lo que daba al espectáculo un aire gracioso y nuevo. Original y espiritualmente jocoso.

La Pájara Pinta, creo recordar que era el estribillo que se repetía. Alguien me informó más tarde que se trataba de una tradicional ronda infantil heredada de los españoles.

El hombre importante venido de la capital cantaba con potente voz abaritonada:

- "... a la sombra de un limón/con el pico recoge la rama/ y la rama recoge la flor/ ¡Ay, ay de mi amor!"-. Al mismo tiempo, sacudía una flor exquisita y delicada que previamente había cogido de un florero y amarrado al miembro.

Para el psicólogo práctico, las mejores ocasiones de conocer el verdadero carácter de la gente, son las fiestas bien regadas. Si es con una aguja de haschich... aún mejor. También son buenos los momentos de peligro; las ocasiones en que están en juego intereses importantes -un ascenso, una beca-. O cuando se toca un tema que compromete seriamente la afectividad del sujeto en estudio. Es entonces cuando se revela la verdadera personalidad del capo. Ésa que todos ocultamos con celo; usando cualquier cantidad de trucos; palabras de alto contenido idealista, engolamiento de la voz, calza perfecto a las mujeres. La misma medicina, en distinto y adornado frasco, con variados accesorios tales como apariencia de virtud ofendida; o vehementes protestas de honestidad preclara.

En el caso del Gran Hombre, la cosa estaba paladina ¡Le gustaba la chuchoca!... y mucho, aunque en presencia de su distinguida esposa pasaba por un verdadero Francisco de así... como seis pulgadas. A ella jamás le puso la pierna al cuello, por respeto; ni le practicó cunnilinguis alguno en los veinte años de connubio. Nunca la tuvo a borde de catre. Siempre en pijamas y la luz ausente. Es claro que esas mismas conductas de dudoso gusto, ellas las practicaba con su joven chofer. Pero... ¿quién era ése? Un tipejo ordinario que no se fija en leseras, y la obligaba a practicarle la fellatio in ore a veces sin venir al caso.


Terminada que fue la zarabanda; cubiertos de sudor fueron yendo al baño a refrescarse un poco. El ambiente parecía camarín de boxeadores por el olor intenso que flotaba impregnándolo todo. Se entiende que se había armado una agarradera de todos los demonios. Se agarraba de todo en la auspiciosa protección de las tinieblas. Otros pasaron directamente a la mesa donde el anfitrión que las oficiaba de mesero, había colocado grandes platos de chancho asado , y un gran azafate de Gorbachov. (Así se llama ahora la ensalada rusa), escoltada por una disciplinada fila de botellones de un vino rojo como la sangre de un potente toro. Todo ese despliegue adornaba la mesa del convite, invitando a reponer fuerzas para lo que habría de venir siguiendo un plan bien establecido.

Esas delicias eran lo que yo denomino "beneficios marginales del poder", que son aquellos que vienen como consecuencia no buscada en el ejercicio del mismo. ¿Origen? El orden natural de las cosas. Siempre ha sido así, y será. Después de todo no lo estábamos pasando mal.

El Monstruo lucía gordo y colorado. Ahora ha adelgazado un poco, después de la visita del Ministro ahora que las comisiones se le alejan como golondrina de invierno y nadie le invita a los condumios. En ese instante, daba la impresión de reventársele las venas del cuello, con tanto trago y los impresionantes trozos de chancho asado que tragaba casi sin masticar.

¡Del gran carajo debe haber sido el hambre que pasó en su lejana tierra de Longaví, antes de ingresar al servicio del Estado!

Todo eso me llamaba la atención. Lo encontraba simpático y gracioso. Pero, lo que en realidad era digno de verse, era el Gran Hombre; invitado de honor a quien estaban "chamullando" con miras a conservar y aumentar el concurso en cuanto arreglín tramaban nuestros cuates. Todos pertenecían al Club de los Mandrakes, porque en el Millapu desaparecían animales grandes, cobre concentrado, guaguas que partían rumbo a las estrellas, rieles de ferrocarril, especies retenidas o decomisadas y de un cuantohay.

Rosita, la Bribona.

Rosita, que así se llamaba la bribona, se instaló de un salto sobre el muslo izquierdo del Gran Hombre. La tenían amaestrada y era el cebo con que lo aseguraban. Ella le servía el vino, le encendía el tabaco con la izquierda, mientras que con la otra, le mantenía apretado el descomunal cigarro. Sirvientes no había... ¡Son tan hocicones esos maracos!

Imaginen las redondas nalguitas de la ninfa, posadas sobre el robusto muslo del gigante. Cuandose subió a la mesa y emprendió un contoneo al ritmo de un cadencioso redoble de tambor, no pude evitar fijarme en la bisectriz de la muchacha. ¡Ni una brizna de hierba! Muy joven aunque alumna adelantada de Terpsícore. A lo más, creí ver una dorada pelusilla, casi imperceptible a la luz tamizada de la sala. La faldilla no le tapaba nada mientras deambulaba derribando vasos.

Otro de los comensales era un señor bajito, de cabello ensortijado, que le hacía a la raqueta y era socio del Monstruo. Ése salió rifado con la morenita que vestía el mismo trajecito de la falda breve de viscoseda; pero, en carácter, ya dijimos que era más avispada... lo que es bastante decir. Hija de una señora descendiente de ingleses, de apellido Warren. No se sentó en la pierna del joven deportista. No. Cabalgaba en sus muslos formando eso que llaman "paquete de cucharas"; mientras él le rodeaba la cintura desde atrás. Comían con apetito. De cuando en vez, la nínfula se volvía con mohín gracioso a besarlo en la boca, o a ofrecerle un regio bocadillo. Imaginé que era la sobrina, porque le decía "tío Checho" o "Choche", o algo parecido.

Tras el chancho vino el coñac y los cigarros importados con otro poco "de la buena".

En ocasiones como ésa, nadie repara en gastos. Así es que el Monstruo salió a la calle vestido con una bata de entrecasa, y desde su carroza fúnebre trajo un cajón de Chivas Regal que le habían regalado unos mineros que mantienen un bien montado laboratorio de refinación, y de cuya protección gozaron hasta que llegó el Ministro.

 


III.

El incidente.

El señor de la raqueta estaba bien caramboleado. Con lengua estropajosa tartajeaba entre hipo e hipo:

- Quiero brindar por un amigo grandioso. Sus superiores lo tienen entre ojos porque dicen que es coimero. Yo no lo creo... pero, de todos modos... ¡Salud!

Nadie lo inflaba; pero insistía. Finalmente, el Monstruo recogió el guante. Con cara de mater dolorosa dijo:

- Cierto que me tienen entre ojos esos concha de su madre; pero, tengo buenas "cuñas" más arriba. Y también sé que entre ustedes hay algunos maricones que para mí son el peor cuchillo. Que se alegran con mi desgracia, y andan repitiendo cosas. Uno de ustedes fue con el cuento donde mi mujer y le dijo que tengo amante. Ahora me va a dejar y se lleva a los niños. Ese maraco le aconsejó que me demandara por amancebamiento.

El discurso era largo, y nadie se explicaba hacia dónde apuntaban los tiros.

Repentinamente, se encaró al Notario - así le decían-, y le gritó furioso:

- ¡Y tú, maraco, eres de los peores. No eres digno de ser mi amigo. Si tuviera un palo  a mano, te pegaría un palazo en l'hocico por maricón!

El pobre Monstruo es de esos que siempre creen tener la razón. Como los cogoteros. Siempre son otros los carajos. Mediante racionalización convierten en razones los actos más reprobables. Su lema es: "Si lo hago yo, es bueno. Si lo haces tú... malo".

El Notario, descendiente de una familia de marqueses, se puso pálido ante la afrenta, pese a ser cuero de equinodermo. Trataba de aplacar al Monstruo protestando inocencia... Pero, el Monstruo estaba enceguecido, e insistía en su rosario de procacidades. Ya se había puesto en pie, apretando los puños, aparentemente con ánimo de aforrarle.

En ese momento, no estaba presente el Gran Hombre de Santiago. Discretamente, se había retirado a un cuarto interior a gozar de las delicias de su muñequita. ¡Harto elástica debe haber sido para soportar un garrote de ese porte!

Parece que la mujer del Monstruo se enteró de la indómita pasión de su joyita con una conocida prostituta del Millapu; una tal Taty Aguirre. Se rumoreó que lo estaba extorsionando. Quedó la escoba. Le dio una crisis de histeria bien montada, con gritos, intento de suicidio, coqueteos con los amigos del susodicho Monstruo, y amenazas de quitarle los niños, y demandarle pensión de alimentos. Una pensión que se suponía cuantiosa dado la fortuna que el Monstruo, a esa fecha, ya había acumulado en breves años al amparo de sus "cuñas". La celosa consultó a un abogado cuyo nombre permanece perdido en la noche de los tiempos. El pato lo pagó el Notario, quien dicho sea de paso, no era descendiente de marqueses como hacía creer, sino hijo ilegítimo de una sirvienta de casa rica, concebido durante unas vacaciones.


La fiesta a estas alturas había pasado a una segunda etapa. Por otro lado, se formó una discusión relacionada con la repartija de ganancias producto de la venta de alambre de cobre extraviado por la Compañía.

Salió a relucir el negocio del desaparecimiento de animales grandes, enel que el Monstruo estaba metido hasta los cojones. Cuando la policía echaba el guante a los cuatreros, éstos, al día siguiente, pasaban frente a la Comisaría haciendo "tapa" a los polis.

Parece que el mayor problema era un establecimiento de procesamiento "de la buena". ¡Ahí sí que había plata para todos! Buen negocio.Sobre todo, porque nadie se atrevía a denunciar, conociendo la maraña de influencias que operaba en ese asunto. Así pues, siendo de dominio público, era un gran secreto.

¡Carajo, la de cosas que salieron a relucir!

"Principio del fin"

En un momento en que la discusión se puso caliente, quizá con el ánimo de asustar, el Monstruo jaló un Colt del 38 que portaba para su. El Notario también jaló el fierro... Y empezaron a amenazarse.

Se apagó la luz, y quién sabe si por causa del nerviosismo, a alguien se le salieron las balas. ¡Juro que la balacera se hizo general! Pero,no escuchamos los ¡ayes! de los heridos. Como yo estaba cerca de la puerta, me lancé cuerpo a tierra y luego... punta y codos. No faltaban más que las granadas y las voces de mando.

Cuando tras dificultades para abrir la puerta, pude ganar la calle, ya se encendieron las luces en las casas vecines. Estaban acostumbrados a tales escándalos; pero, como todos conocían al Monstruo del Calama (así le decían por su cara que semejaba esos melones tan ricos que de allí proceden), nadie hacía algo. Aunque esta vez la cosa pasó de castaño oscuro con eso de los balazos. Se dispararon como cuarenta tiros de diversos calibres.

Escapé rápido. Lamentablemente, los otros no pueden decir lo mismo, pues cuando los vecinos se asomaron, vieron al Gran Hombre corriendo a poto pelado por la vereda, alejándose del campo de tiro como alma que se lleva el diablo. No era para menos. La casa hervía de plomo caliente, ¡Si parecía noche de Año Nuevo con tanto fuego de artificio! El pobre caballero no podía entender lo que estaba pasando. Tal vez porque en esa época estaban ya de moda en la Metrópolis   los atentados terroristas. Y quién sabe si su conciencia no estaba tranquila - como dijo una vez el Monstruo por TV Nacional cuando lo entrevistaron años más tarde-. "El que nada hace, nada teme. Y el que esté libre de polvo o paja, que lance la primera píedra".


Lo ocurrido se anduvo filtrando en la capital. Y el influyente magistrado, al ser interpelado, contestó:

- Fue una rica experiencia esa de los "tunazos". Medidas legales no han de adoptarse. Pueden salir muchas cosas a la luz de las que el pueblo ignaro no debe enterarse. ¡Con tanto resentido que anda suelto!

¡Sabias palabras de un hombre inteligente, que ha escalado las más altas posiciones sociales y administrativas!

La verdad es que no vi al Gran Hombre chicoteando por la calle. Parece que tardó en salir. Y aún cuando ya había avanzado una cuadra, todavía se escuchaban los cañonazos. Por mi parte,lo que más le admiro, son las tiernas ninfas que sentaba en su rodilla. El pasto tierno a nadie perjudica.

Lo importante es que esa noche hubo mucho trueno; y varios fueron los participantes que se echaron el pollo por tiempo más o menos prolongado.

El caso es que la morenita de las piernas largas... La que le tocó al chico de la raqueta nunca más se supo.

Me enteré que sus parientes prestaron denuncia por "presunta desgracia", vulgo desaparecimiento. Bueno, yo no entiendo mucho de esas cosas... y cuando se habla de desaparecidos... ¡Menos!

Eso sí después de un tiempo, el Monstruo comentó que se había "sobreseído" el caso por "falta de mérito". ¡Eso sí que me sorprendió!

¿Falta de méritos? ¡Siendo todos tan meritorios?


IV.

Cuando se calmó la cosa, los bacanes fueron apareciendo de a uno por el pueblo. A la rubiecita del Gran Hombre la encontré una noche helada y oscura en el bar del Charly, ése que queda en la calle San Juan de Dios, donde toman los intelectuales.Andaba acompañada de un bacán conocido mío, un tanto rasca y bastante indecente conocido como Guillo Cajales.

La pelandusca no se acordaba de mi cara. Pero, al rato, con algo de copete, recobró la memoria.

Haciendo un "racconto", me confidenció que esa noche, cuando empezaron los guatapiques, se metió bajo la catrera, donde permaneció hasta el fin de la "tronadura". Y aún después, porque el Chamúdez la encerró con llave (?) hasta las tres en punto de la tarde. Le dio un buen fajo...a cambio de mantener cerrada la "buzeta"... Y no volver.

También me contó que el simpático y popular Monstruo, cayó en las manos de un Ministro por un asunto de una desarmaduría, quien lo trató como "las escritas", lo destituyó y hubo de irse a capar a gran nivel a una población "champiñón" a vivir con una putita que a su vez había conocido y se había probado muchos champiñones.

Que ya nadie obedecía sus mandatos. Nadie lo respetaba. Ahora tenía que hacer cola en el banco, los policías le pasaban partes... Y sus antiguos socios se negaban descaradamente a entregarle la "guita".

-¡Infausta suerte la del desheredado!, dijo la nínfula. Del árbol caído todos hacen leña. Especialmente, dos abogados que celebraron con champaña... ¿Quién sabe si de envidia? Porque es costumbre reprobar a aquellos que la pasan bien.

Interrogada acerca de sus relaciones y placeres con el Gran Hombre, expresó que:

-¡No era para tanto! Una que otra miné.

En cuanto al Monstruo, se rumorea que está a punto de montar una flamante desarmaduría de autos en San Felipe.

Fine

Advertencia:

Ésta es una obra de ficción. Un cuento por completo inventado. Nada de lo narrado ha ocurrido verdaderamente. En cuanto al Guillo... ¡Ése sí que es un maraco! En cuanto al Chamúdez, no tanto. Nada... diría yo.