"Marcial Mendieta se ve en este libro más suelto, más libre en su prosa, incisivo, maduro, aventurero que se rebela. Rescata la memoria, aunque sea a pedazos en estos anticuentos, recuentos o descuentos imprescindibles. Se ve vivo, con campanas en los bolsillos junto a los trabajadores en huelga. Un libro lleno de luz y colorido, que cruza la geografía y el calendario, el olor del pan humeante, Valparaíso, los naranjos y los olores ocultos del puerto. Un libro que conmueve porque está lleno de vida y de esperanzas. Respiran las palomas equinocciales, las magnolias con sus corales abiertos. Marcial enciende cada página escrita a pólvora genital y ruedan las palabras salientes al crepúsculo. Avanza sobre escombros, deslenguado como empezando el lunes la jornada. Nos alegra su desenfado y su perpetuo follaje para aferrarse a la existencia".
Edmundo Herrera
Good bye Gervasio ©Marcial Mendieta. Registro de propiedad intelectual N° 106.918 I.S.B.N: 956-265-088X
Publicado con permiso del autor.
LOS ETERNOS PRESIDIARIOS
DE AVENIDA CAUPOLICÁN
Juan aún no comprendía el mundo externo que le
aguardaba más allá de los horizontes geográficos de la comuna que se inundaba de
estaciones de servicio a la orilla de la carretera. Se sentó a un costado de la vereda,
sonreía de pronto al ver desfilar a los alumnos de la que fue su escuela, donde se amaba
a Cristo por sobre todas las cosas, mas donde el desfile del colegio lo encabezaba una
"banda de guerra". Tendría más de alguna anécdota para contar, como por
ejemplo que la estatua de Rubén Darío se constituía en el principal monumento en la
plaza del pequeño pueblo donde vivía, sólo porque antaño, en carreta, fueron a comprar
tras una colecta un busto de un padre de la patria a Santiago, no encontrando, llevaron el
del poeta para no regresar con las manos vacías, aunque nadie supiera quién era Darío y
poca idea tuviesen sobre la poesía. Ha de ser por eso que dudaba en partir, así, de
golpe y porrazo a la capital a conseguir trabajo, a una urbe que sólo había visto en la
televisión pero que no conocía, sobretodo cuando pensaba en la soledad en que se
encontraría si no encontrase trabajo a la brevedad, dejando en el desamparo a su
enamorada que llegado los veinte años aún jactaba su pureza de alma y su virginidad.
Sólo que no resistía la tentación de emigrar las tardes y noches que veía a lo lejos a
sus amigos caminar por la calle principal del pueblo, llamada Caupolicán (que todas sus
calles tienen nombres mapuches, aunque sus habitantes se nieguen a ser hijos de la tierra
y se aferren con dientes, uñas y muelas a una supuesta descendencia inglesa), que tiene
no más de dos cuadras de centro comercial. Era cerca de la medianoche, observaba
el peregrinar de los jóvenes desde hacía horas, adolescentes que en su libertad
enfilaban sus pasos hacia el lado oriente de la Avenida para girar el cuerpo y regresar
conversando con un cigarrillo en la mano hasta completar nuevamente el trayecto de esta
arteria rutinaria en el transitar de los muchachos, por años de recorrer sus pequeñas,
pintorescas y estrechas veredas, repetida, como los días de viento que llenan de polvo el
lugar por las partículas huyentes de los paisajes impavimentados. Sus ojos recibían
imágenes que recordaban un día trivial transcurrido en cualquier recinto carcelario.
Murmuraba hacia adentro, cavilante: "si parecen eternos presidiarios de Avenida
Caupolicán". Calle arriba, calle abajo, y luego de muchos minutos de intentar
finalizar sin penas un nuevo día se sentaban a descansar apoyando sus nalgas en las
soleras para erguirse victoriosos tras la búsqueda de alguna hermosa chiquilla. Quienes
no se cansaban y buscaban evadir el sempiterno paisaje marchaban por la costanera rumbo al
muelle a beber un poco de cerveza, sacar un pito o bien bajo el rompeolas hacer el amor
para regresar a transitar la calle recorrida. Pensaba si le ocurriría lo mismo al
detenerse en alguna callecita de Santiago. Vacilaba, pues allí por más estímulos que la
televisión ofrecía no había visto jamás el atardecer crepuscular que se aprecia al
fondo de la orilla costera de su terruño cuando el sol, inmensa naranja furtiva,
lentamente cae en los brazos del mar por detrás de la hermosa Isla de Huevos.
Decidió quedarse, ampararse entre sus amigos y conocidos, conformándose con mirar desde lejos la única esquina con semáforos para imaginar que algún día su pueblo sería una ciudad, sólo que el bus ya se había detenido, no dándole tiempo al auxiliar para decirle que se había arrepentido, que no se marcharía a la metrópoli aunque su boleto lo perdiese después de haber juntadp peso a peso para conseguirlo.
Se sentó lentamente en la tercera fila junto a la ventana, tomó posición de descanso en su asiento para ver la cordillera de la costa que le acompañaba lentamente a su marcado destino. Pronto, a no muchos kilómetros recorridos vieron sus ojos el poblado de Quilimarí, en la lejanía, el campo, el riachuelo, los recuerdos de su padre, mientras los parlantes del pullman daban paso a las canciones, se deslizaba el pasado: "con una pala y un sombrero"... Se quedó nostálgico, dormido, después de hablar a solas con su viejo agigantado en la retina tras los compases de Gervasio.
Aunque no lo deseaba, debía bajarse, por más que sus oídos no hicieran caso al auxiliar que le gritaba para que despertara pues hacía más de cinco minutos que se encontraba en el terminal. Miró la esquina primera que captaban sus ojos por la ancha alameda, apuró el paso en el anonimato perenne por el que transcurren muchos provincianos. Cruzó raudo el "Paseo de Las Delicias" subiéndose a un automóvil que lo esperaba al otro lado del camino.
¡Vaya, ya era hora! ¿Dónde te habías metido este sábado que en ninguna parte te encontrabas? El señor Fernández dice que debes estar más atento a tu trabajo.
-Está bien, no volverá a pasar, ni yo mismo sé lo que he buscado.
Desabrochó su vestón, se sentó cómodamente a revisar el diario. Leyó en silencio, observó de reojo a una pareja que se besaba en la Plaza Italia; detuvo su mirada en la penúltima página del diario, después de todo partiría a trabajar durante cinco años a Australia para luego seguir viajando. Era él mismo, su rostro fotografiado que en algún rincón más de alguien estaría mirando. Le pareció extenso el recorrido por la ancha avenida hasta llegar al despacho del señor Fernández, que al día siguiente le llevaría al aeropuerto. No pudo apartar el recuerdo de la Avenida Caupolicán y de sus eternos presidiarios; pensativo el gesto no se escuchó su canto ni afloraron disculpas de sus labios. Después de todo sería un simple pirquinero en una mina de Adelaida. Tal vez tendría dinero para alimentarse, satisfacer necesidades materiales, crecer, dejar atrás su poblado natal, trabajar y aprender a caminar entre habitantes de otra lengua en la más grande de todas las cárceles del mundo.
