Cuentos
de mi provincia.
Obra editada por esfuerzo propio en 1984, recoge relatos de distintas localidades de la provincia del Choapa. Su estilo directo, matizado de bellas imágenes y metáforas diáfanas, ilumina la vida gris y dura de los hombres y mujeres de esta tierra choapina tan rica y tan castigada. Una muestra de estos relatos se publican en este sitio como señal de reconocimiento para una de las figuras femeninas más relevante del Choapa. María Pozo Aguirre es un verdadero ícono que representa la lucha por la emancipación de la mujer: profesional universitaria, alcalde de Illapel, escritora y animadora de las tertulias literarias illapelinas por más de medio siglo, la hacen ser la invitada especial de las reuniones y agrupaciones culturales que se ven honradas con su presencia.
Dejemos que calle la lira y que hable la pluma...
Estampa minera.
Choapa, 1980.
El pueblito minero, construido de ilusiones,barracones y chozas, diseminadas en forma asimétrica, daba la impresión que las casas se habían venido rodando, desde el cerro quedando esparcidas a la buena de Dios, barracones tristes, ranchos sucios, llenos de moscas,de quiltros y chiquillos harapientos. Afuera, los cordeles tendidos, mostraban la exposición de miserias, esas pilchas que son las banderolas del pobre. En el único almacén del caserío, don Fabián, vendía de todo hasta el honor de sus hijas. Las tres mayores, morenas ampulosas, de ojos negros, como pedazos de noche, labios carnosos y rojos, como flores de granado. Mercedes, la menor, tan distinta a sus hermanas, que las malas lenguas decían que era huevo de otro nidal. Flacucha, rubia, de ojos grandes y azules, ojos que parecían mirar siempre cosas extraordinarias, todo su cuerpo tenía actitudes de espera, se veía como descentrada y ausente, en las noches de los sábados. Los gritos de su padre, la hacían estremecer:
-¡Meche, sirve vino en la mesa de Pedro, el suertudo! ¡Condenada! ¿cuándo vas a salir del tranquito ese? ¡Apréndele a tus hermanas!
Éstas repartían sonrisas y vino, contestando las bromas groseras de los hombres, en los cuales el alcohol empezaba a encender sus institntos, como luminarias.
En las noches de pago, el cuarto se hacía estrecho, sus paredes grasientas, empapeladas con diarios y llenas de litografías baratas; al centro, el retrato del presidente con el rostro y la banda semiborrosa con los excrementos de las moscas, más allá, unos señores de jubones rojos y bigotes anhiestos, montando briosos corceles, se disponían para una cacería;luego, la bella Otero lucía sus redondeces, envuelta en una malla de seda negra, con las piernas torneadas enfundadas en medias del mismo color, dejando sólo un pedacito de carne blanca, donde terminaba la liga de cinta roja. En medio de todo, un cuadro de la Virgen del Carmen, con sus angelitos rubios, parecía sentirse muy mal en ese ambiente. Pasada la medianoche, la atmósfera se caldeaba con el humo de los cigarrillos, el aire se llenaba de olor a cebolla frita, a cuerpos sudorosos que, mezclado al de las lámparas de carburo, se hacía casi irrespirable.En el fondo del cuarto, frente a una mesa de madera sin pulir, estaba sentado Pedro, el suertudo, celebrando un nuevo alcance con sus amigos, entre los que no podía faltar Fidel Acuña. Se entrechocaban los vasos y corría el vino que se derramaba al suelo en goterones de sangre.
-"Mire, amigo", -decía Fidel Acuña, lo que yo digo: las minas son como las mujeres, mientras más las persigue uno, más mañeras se ponen. Muestran un poco sus encantos para tentarnos, luego se vetan y se esconden, se brocean y empiezan a hacer su juego de coquetas. ¡Si lo sabré yo! Llegué muchacho por estos lados, lleno de ilusiones, con la seguridad que iba a sacar el oro a paletadas y entonces iba a tenerlo todo: mujeres, gloria, honores y ¿qué he sacado? Sólo perder los años y el dinero, enterrando hasta las ambiciones en esos hoyos que se abren como ojos siniestros, como bocas desdentadas y ahora viejo no soy, sino un pingajo de mierda, un trapo sucio y roto. Cualquier día dejo mis huesos en un pique o en un camastro maloliente. ¡Suerte perra!. En fin, qué se le va a hacer, amigos".
"Bueno, no es para ponerse triste, habiendo vino y mujeres como ésta" -dijo, dando un pellizco en los muslos de la Eufemia, la mayor de las hijas de don Fabián, que respondía con una carcajada que quedó colgada en el aire denso... Mercedes deambulaba por las mesas seguida por los gritos de su padre. La noche se llenaba de juramentos y de risas. En el hueco de la puerta se recortó la silueta de un hombre rubio, bien trajeado, miraba frunciendo los ojos, como miope, buscando una mesa libre. Atravesó hasta el mostrador y se sentó solo en un extremo. Pidió una caña y empezó a beber su trago lentamente, indiferente a todo.
"¿De dónde salió este jutre?"- dijo Pedro, el suertudo, con una mirada irónica-. "Parece que se equivocó de sitio". "Éste- dijo Fidel, es minero, como todos nosotros, le dicen el Gringo, trabaja en "La Brava" desde hace más de un mes. Ya sabía yo que tenía que capitular y bajas al agua". "Pero, ¡no es de estos lados, Fidel! ¡Qué va a ser minero! ¡Ése es hombre viajado: italiano, americano, quién sabe! Gringo sí que es"! Acuña dijo: "Llegó como hemos llegado todos, con un atadito de ropa y muchos deseos de ganar plata, amarrados a la espalda. Encontró trabajo en "La Brava", es hombre retraído, de pocos amigos, apenas si habla, pero duro para el trabajo, como piedra de pedernal. Cuando todos bajaban el sábado, él se quedaba solo, fumando su pipa y rumiando ensueños, pero yo sabía que no le iba a durar mucho. No se puede vivir solo y aislado entre mineros, somos demasiado humanos, pero ¡bah!, ustedes no entienden de eso. ¡Lléneme el vaso mejor, compadre! - dando un codazo a un viejo que estaba medio adormilado- ¡No se me quede ahí con la boca abierta, cuando hay tanto tinto y del otro!"
-"No me gusta su gringo, Fidel." - dijo Pedro, el suertudo, que no había despegado los ojos del forastero- "El que no quiere hablar y no tiene amigos, es porque oculta algo, pa' mí que éste viene arrancando".
-"Ya está viendo bajo el alquitrán, Ño Pedro", dijo un viejo dando cabezadas. Eufemia traía una nueva jarra y todo quedó olvidado dentro de los vasos que rebalsaban. El desconocido pidió otra caña. Mercedes se la llevó en forma automática, pero cuando éste levantó los ojos para mirarla, sintió un estremecimiento como si hubiese llegado de pronto alguien mucho tiempo esperado; se miraron con una sonrisa. Desde este momento, se enhebró una amistad que cundía con el tiempo. El Gringo no faltó más los sábados por la noche. Mercedes parecía otra, ató sus cabellos con una cinta azul, cambió la expresión de su rostro y hasta contestaba las bromas de sus hermanas. Fabián no veía más que los sucios billetes que entraban a su caja sin darse cuenta de nada. Y así fue como un día, Mercedes no apareció en el rancho y las hermanas alarmadas se lo comunicaron al padre. Fue tal el estupor del viejo que enmudeció, pero cuando se repuso, llenó el aire con sus denuestos, estaba frenético, tenía los ojos inyectados y amenazaba al aire con sus puños cerrados. Fue calmándose poco a poco, miró a las muchachas que temblaban y les dijo: -¡Ésa se acabó. No me hablen más de ella!
Habían pasado pasado ocho días cuando la Eufemia entró al cuarto de don Fabián, no podía hablar de la excitación. "¡Taita, la Meche está en el gallinero!. Vino a buscar sus cosas". El viejo retiró a la muchacha de un empellón y salió con la rabia clavada en todo su cuerpo. Cuando estuvo frente a Mercedes, no se pudo contener, la tomó de los hombros y la remecía gritando: -¡Condenada, hija de perra! ¿Cómo te atreves a a venir por acá de nuevo? Mira que perderte por un desconocido, por un pobretón. Ya que ibas a deshonrarte, ¿por qué no le hiciste caso a Pedro, el suertudo, u otro con plata?, ¡no con ese jutrecillo desgraciado! ¡Mándate cambiar y que no te vuelva a ver por estos lados, porque te marco la cara que no te va a conocer nadie! ¡Sinvergüenza, mala hija, no te acordís nunca que tenís padre, éste murió pa' vos! ¡Toma, pa' que aprendái a ser decente!- y abofeteó el rostro de la muchacha que se tambaleó con el golpe, huyendo después con las manos en la cara, seguida de las maldiciones de su padre.
A los pocos días, Mercedes se instalaba en uno de los ranchos del caserío. El Gringo baja los sábados y la vida parecía feliz.
El tiempo pasaba, como trazado con papel de calco en el pueblito: las mismas riñas, la mala suerte proverbial de Fidel Acuña, como asimismo los alcances de Pedro, el suertudo. El boliche de don Fabián estaba siempre lleno y seguían cayendo billetes e ilusiones anudadas a los vasos de vino, nadie nombraba a la Mercedes, parecía que todos se habían olvidado de ella. Mientras tanto el cuerpo flacucho de la muchacha se deformaba con la espera de un hijo.
Todas las tardes se sentaba frente a una caja de madera, barnizada de rojo, con una guirnalda toscamente dibujada en la tapa. Allí frente a la caja, echaba a rodar sus anhelos como pedruscos en el camino. Hundía los ojos y las manos untadas de ternura en las ropitas toscas y de colores chillones de aquel hijo que vendría y que ella estaba alimentando con la savia de su cuerpo y arrullándose en la cadencia de sus caderas: ¿Será niño o niña? Y estas interrogantes abren como un paréntesis en su angustia. ¿Tendrá los ojos azules, como el cielo que tánto ha mirado, verdes como los campos o color azúcar quemada, como las hojas secas? Y sus anhelos se hinchan como velámenes y en el ópalo negro de la noche hay una nueva vida que sigue palpitando en el cristal del día.
Ya queda poco, lleva ocho meses que su vida mira para dos, se alimenta para dos y acaricia para tres. Las sombras empiezan a adentrarse en el cuarto, reptan por las paredes, se meten por los rincones adueñándose de las cosas. Mercedes se levanta desprendiéndose de sus ilusiones, como de un manto de luces, se acerca al fuego, lo atiza y empieza a sorber su mate lentamente.
Una tarde en que la muchacha estaba ensimismada en sus ensueños, frente a la ropita de su hijo, la puerta se abrió bruscamente: un cabo y dos carabineros, seguidos de algunos curiosos, la sacó de su éxtasis. La voz ruda del cabo preguntó: "¿Es Ud. Mercedes Esquivel?" Ella había perdido las palabras y contestó con un movimiento de cabeza. Tenía losojos enormemente abiertos, llenos de preguntas.
-¿Ud. debe saber dónde está Ricardo Simpson, alias "El Gringo"? -preguntó el cabo,- "No lo niegue, ni se haga la tonta, le puede costar muy caro. Venimos de "La Brava", dijeron que hace dos días que no sale al trabajo. Tiene que estar aquí." -"Pero, ¿qué ha hecho?" -dijo uno de los del grupo de curiosos.
-"¿Qué ha hecho?" -repitió el cabo riéndose. "Casi nada: tres muertes, varios robos a mano armada y otros delitos menores". -"¡ Mentira! -gritó Mercedes, llevándose las manos al vientre abultado, donde había sentido como una cuchillada. "¡Ud. miente, miente!" -repetían una y otra vez sus labios exangües, mientras las lágrimas rodaban por su cara pálida y demacrada. Había tal acento de angustia en su voz rota, que el cabo se conmovió. -"Ojalá no fuera cierto, niña, pero desgraciadamente es la verdad. Hace ya más de un año que la policía persigue al "Gringo" y ya había perdido sus huellas, creyendo que había cruzado la frontera hacia la Argentina, cuando se tuvo noticias que andaba en el Norte, primero en las salitreras, después en unas minas hasta que se encontró su pista aquí en "La Brava", pero alguien debe haberle soplado el dato, porque ya el pájaro había volado. En fin, lo siento, niña. Vamos". -dijo a los carabineros- "Aquí ya no hay que hacer" - y se alejaron por el camino polvoriento.
Mercedes estaba como alelada, tambaleándose se acercó a una silla de paja y se dejó caer en ella. Sintió grandes dolores en su vientre, parecía que algo se desprendía allá dentro. Varias mujeres del grupo de mirones, entraron al rancho y la rodearon, con esa solidaridad tan humana de la gente pobre. Se veía tan pálida y desencajada, que una de ellas le dijo a su vecina en un susurro: "Pa' mí que va a tener el niño adelantado. Voy a llamar a Ña Carmen"- y salió en busca de la comadrona. Cuando regresaron ya las vecinas habían tendido a la muchacha en la cama y ésta se retorcía de dolor.
Doña Carmen se arremangó las mangas, dejando ver dos brazos negros y flacos y con las manos ganchudas de largas uñas, empezó a palpar el vientre de la niña... Luego salió y con su voz ruda e indiferente dijo: - "Pongan a hervir agua, luego viene el niño"-.
Eufemia, a quien habían avisado, entró muy asustada. -"¿Qué te pasa, hermanita? Mercedes le sonrió con una mueca. Tenía la frente perlada de gotitas y las crenchas rubias se le pegaban a la cara humedecida. Eufemia le secó el sudor y estrechaba sus manos con un gesto de ayuda inútil. Mercedes gemía como una animal herido, primero roncó y después con gritos y luego un silencio que era más trágico aún... Y así pasó una hora larga que parecía no tener fin. Las mujeres, en el cuarto vecino, murmuraban como un rezo monocorde.
Un grito más agudo aún rompió el aire, se metió por los enquinchados del rancho y salió a horadar la noche que ya empezaba a caer, como un taladro de angustias. Luego todo quedó en silencio. La muchacha se había desmayado. Al rato sintieron el llanto tibio de una criatura. Entró Eufemia, pálida como si hubiera visto aparecidos, tomó la tetera que hervía y se fue sin decir nada. Nadie se atrevió a preguntar, dentro todo era silencio. Después de un rato,que parecieron miles de años, entró doña Carmen con las manos tintas en sangre, como si hubiera asistido a una carnicería. Las limpió con un trapo que encontró cerca de la mesa y se sentó imperturbable. -"¡Cébenme un mate!" -dijo, "ya pasó todo fue una niña, no creo que viva, la criatura no es de tiempo, la pobre Mercedes se desmayó. Ahora está durmiendo". Recibió el mate, de mano de una de las mujeres y empezó a sorber en silencio.
Eufemia, sentada a los pies de la cama, miraba a su hermana con ojos de espanto. Mercedes abrió los ojos, miró como si viniera de muy lejos, luego pareció recordarlo todo. "¡Eufemia" - dijo- ¿Dónde está el niño?" -"Ahí junto a ti, hermanita, fue mujercita. No hables mucho, doña Carmen dice que tienes que dormir". La muchacha volvió los ojos y levantó las sábanas para ver a su hija. Pegada a ella estaba la criatura que gemía como un pajarillo.
"¿De qué color tiene los ojos, Eufemia? ¿Son azules?" -"Hermanita, no hables, tiene los ojitos cerrados, no se sabe de qué color son, pero ya los abrirá".
Mercedes se quedó suspendida en el gemido de la niña que se debilitaba hasta silenciarse del todo. Eufemia salió en puntillas y llamó a la comadrona. Ésta entró, tomó a la niña y la llevó hasta la vela que alumbraba apenas el cuarto. La criatura había muerto y su cabecita lacia, bailaba como una llama más en las sombras. Tenía los ojitos abiertos y éstos parecían dos trocitos de cielo en la carita arrugada y fláccida.
Mercedes intuyó algo siniestro, se incorporó en el lecho y gritó angustiada: -"¡Doña Carmen ¿qué tiene la niña? ¿Tráigala, quiero verla!"- y empezó a llorar con una desesperación, con una pena, parecía que el dolor iba a partirla en pedazos. Doña Carmen se acercó lentamente, con la criatura muerta. Mercedes tomó la niña y la miró. -"¡Dios mío! Tiene los ojos azules, como él quería!" -y hundió el rostro en la carita de la niña, llenándolo de besos y de lágrimas. -"¿Por qué me la quitaste, Dios mío? ¡Es demasiado: todo en tan pocas horas! Él, mi niñas y mis esperanzas. Te ofrecí mis sufrimientos con toda mi sinceridad a cambio de mi hija y me la quitas, es injusto, injusto!" -y volvía a besar la carita mojada y fría de la criatura. La vieja pudo, al fin, quitársela. -"Hay que resignarse, Meche," -dijo con tono tono menos indiferente, -"no era para este mundo la niña, hay que conformarse con la voluntad de Dios". Mercedes seguía llorando y sus sollozos estremecían su cuerpo. Una de las mujeres abrió la caja barnizada de rojo y sacó las ropitas que con tantos desvelos e ilusiones hiciera Mercedes. Ayudó a la comadrona a vestir a la niña que pusieron dentro de la caja y cerraron la tapa con las toscas guirnaldas... Allí quedó la niña, mirando sin ver, con sus grandes ojos azules. "La voy a llevar más tarde a mi casa" -dijo la vieja -"allí velaremos al angelito".
Mercedes seguía sollozando a intervalos y su cuerpo temblaba de fiebre. Tomó la mano de Eufemia y murmuró: -"Me voy a morir, hermanita, sé que no voy a librar de ésta; las maldiciones de mi padre me perseguían. Desde que me echó de su casa estaba 'maldecía', no podía ser de otro modo, dile que me perdone, que no me odie mucho, ya todo se acabó". Así pasó la noche, delirante y agitada, murió al amanecer, silenciosa y triste, como había sido su vida. Nadie se atrevía a darle la noticia a Don Fabián. Comisionaron por fin a Fidel Acuña. Cuando éste entró al boliche, el viejo estaba limpiando unos vasos al lado del mostrador.
-"Temprano bajó al agua, Ño Fidel"- dijo al ver entrar a éste -"¿Qué le trae tan de mañana?-.
-"Me traen malas noticias, don Fabián".
-¡Bah! ¿otra vez se le broceó la veta? Vaya, hombre no hay que afligirse por tan poco, venga y sírvase un traguito de chicha. Está de chuparse los los dedos".
-"No, don Fabián, esta vez no se trata de mí, vengo a hablarle de la Meche".
-"No me hable de esa desgraciada"- le interrumpió el viejo-. "¡No quiero saber más de ésa!"
-"¡Por Dios, don Fabián, es su hija y ya poco va a oír hablar de ella, murió esta mañana".
Don Fabián se quedó como atontado, luego se volvió hacia la estantería y empezó a mover unas botellas.
-"No me hace la noticia"- dijo con voz enronquecida. -"Yo no tengo ninguna hija Mercedes". Se volvió de pronto con los ojos llenos de lágrimas. Se los limpió bruscamente con la manga de su chaqueta.
-"Mire, Ño Fidel" -dijo- "Está 'juerte' la chicha, me ha hecho lagrimear"...
