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AROMAS DE CAFÉ
Iván Ramírez Araya
Entre los
privilegios que la creación entregó al hombre, se
encuentra la palabra. Ella le permite expresar todos
los matices que la existencia va fraguando. El
perfeccionamiento de la palabra permite la exactitud
matemática de nuestra exposición.
A través
del verbo podemos crear un contrato tan afinado como
el matrimonio, y también escapar a nuestros
compromisos. Los jóvenes de hoy hablan de “chivas”
para mostrar esa capacidad deformadora de la realidad
expresando todo y diciendo nada en una misma frase.
Quienes somos mayores conocemos, esta gracia como
“Cantinfleo” por ser Cantinflas su principal cultor.
Alguien
definió la palabra como una nada de aire estremecido
que, desde la mañana confusa del génesis, tiene poder
de creación. El origen de todo lo creado tiene, según
la Biblia, su principio en el verbo. Sin la
comunicación expedita de la palabra, sólo tenemos una
capacidad menguada de crear y la incomunicación
acarrea un crecimiento gigantesco de nuestra potencia
destructora. Las guerras comienzan como un “corte de
relaciones” y la paz con un “restablecimiento de
conversaciones”.
En
nuestro medio se ha creado el café, ese
establecimiento donde no aparecen las diferencias que
separan. En su interior no hay ricos ni pobres,
izquierdistas o derechistas, jóvenes o viejos, sólo
hay conversadores. Tal vez sea el aroma único e
indefinible de este brebaje, alguna potencia
adormecedora o estimulante la que crea una intimidad
proclive a la confidencia, atento a la opinión o al
consejo que transforma a los parroquianos, en hombres
y mujeres necesitados de concurrir a esta fuente de
intimidad sincera y desinteresada amistad.
Ahí
en el café, no es la fuerza la que se impone, es la
razón, el argumento lo que acarrea respetabilidad.
Mientras seamos capaces de dirimir nuestras
diferencias y concordar o discordar nuestras
preferencias al abrigo del aroma del café podremos
pensar que nuestro destino será de entendimiento y un
futuro creador como el verbo inicial cobijará
nuestras esperanzas.
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